En torno al legado de Salvador de Madariaga. Pensador, Historiador, Abogado de la Paz: Rotario

Habiendo sido el último editor de Revista Rotaria, me aventuro a continuación a compartir con el lector de España Rotaria un artículo del intelectual español Salvador de Madariaga  publicado  originalmente en Revista Rotaria, revista oficial de Rotary en lengua española (la directiva de Rotary International adoptó la decisión de terminar la publicación de Revista Rotaria en junio de 1990. Junto con The Rotarian, Revista Rotaria fue nuestro órgano oficial durante 57 años.) 

  

 

En el número de abril de 1936 –año de importancia fundamental en la historia de España- Revista Rotaria publicó el artículo Los Principios de la Rueda Demtada  por Madariaga, quien a la sazón participaba activamente en la administración pública del país y al mismo tiempo destacaba  en la Liga de las Naciones, la entidad precursora de las Naciones Unidas, en la tarea de preservar la paz internacional.

 

Pese a sus múltiples ocupaciones, que deben haber reclamado gran parte de su tiempo, Madariaga se identificó de manera fundamental con el movimiento rotario. Testimonio de esta identificación son los materiales que contribuyó a Revista Rotaria  de 1934 a 1936. En julio de ese último año, a escasos tres meses después de la publicación del presente artículo, Madariaga marchó al exilio y se instaló en el Reino Unido. 

 

Entre las razones que llevan a seleccionar este material se cuenta el que ilustra  de manera concluyente la participación de los intelectuales en el rotarismo español anterior a la Guerra Civil. El papel central que corresponde a los símbolos es también reconocido por Madariaga; ya en nuestros días, las discusiones sobre “Imagen Pública de Rotary” constituyen una preocupación esencial. El camino que Madariaga propone para la conquista de la paz internacional, finalmente, mantiene hoy toda su vigencia; puesto en su lenguaje, es indispensable reconocer que los ejes del concierto de la comunidad global son múltiples; ninguno es el principal.

 

A 80 años de haber sido publicados por primera vez, los planteamientos sobre el simbolismo de la rueda rotaria que el ilustre autor de  El Corazón de Piedra Verde lleva a cabo en el compendio que aparece a continuación mantienen su vigencia, así como su penetrante interpetación de los caminos que conducen a la paz entre las naciones. 

 

El presente compendio se apega rigurosamente al texto original. El texto íntegro del material de Madariaga, algo más extenso que el ofrecido aquí, puede obtenerse en la redacción de España Rotaria.

Joaquín Mejía

 

LOS PRINCIPIOS DE LA RUEDA DENTADA

Por Salvador de Madariaga

 

Nuestra época revela la nueva vitalidad que van adquiriendo las fuerzas subconscientes en la afición que manifiesta a los símbolos:  el fascio; la cruz gammada, la hoz y el haz. Aquí, el de Rotary, símbolo muy bello. La rueda dentada es más que la mera rueda; la sola rueda, la sola circunferencia más bien nos coloca o ante la nada o ante el todo. 

 

La rueda pura, el círculo, es un símbolo metafísico del que no hay nada que decir, porque o es la nada o es el todo, mientras que la rueda dentada en sus radios y dientes nos coloca en seguida frente a la idea fértil del engranaje.

 

Uno de los filósofos más profundos que el globo terráqueo ha producido, Lao Tse, que floreció en China muchos años antes de Jesucristo, decía, entre otras cosas bellas y nobles, que “la rueda es útil porque hay en el centro un agujero en donde no hay nada”. Esto es una gran virtud, la virtud del vacío bien situado; porque si esta nada tiene cierto sentido es por estar en el centro. Si esa nada no estuviera en el eje de la rueda para nada serviría; lo cual me lleva a decir que en este símbolo de la rueda dentada hay tres nociones que no son mecánicas, sino profundamente intelectuales y espirituales. 

 

Primera, el perfil de los dientes. Una rueda no sirve para nada si no se ha trazado con exactitud micromilimétrica, con un conocimiento científico, el perfil de los dientes. 

 

Segunda: una rueda no sirve para nada si no tiene colocado el eje al milímetro y hasta al micromilímetro. 

 

Tercera: una rueda no sirve para nada si se imagina que su eje es el centro de la máquina. 

 

He aquí tres nociones absolutamente indispensables para el funcionamiento de la máquina social, cooperación entre naciones, entre pueblos, y, por consiguiente, entre elementos dentro de cada pueblo, a que alude sabiamente el párrafo cuarto de las reglas rotarias. 

 

En la exactitud matemática del perfil de los dientes de la rueda rotaria  veo la simbolización de las profesiones liberales, industriales y comerciales de que se nutre el Rotary Club para dar servicio a la sociedad. 

 

Para que este servicio sea eficaz es menester que este perfil esté rigurosamente estudiado; es menester que estas profesiones liberales, comerciales e industriales  tengan técnica y competencia, sepan exactamente lo que hacen, y engranen exactamente con las otras profesiones, de cuyo engranaje ha de resultar el funcionamiento de la mecánica social; primera consecuencia que se deduce de manera palmaria de la observación de la rueda dentada rotaria. 

 

Segunda: es menester que cada perfil gire fielmente en torno a su eje; que el eje técnico y profesional en torno al cual gire su actividad en la sociedad no se tuerza por incorrección,  por incompetencia, por enemistad, ni por ninguna de las influencias pasionales, y por consiguiente, inferiores, que tienden a falsear el funcionamiento de una sociedad contemporánea.

 

Tercera, que este eje, uno de tantos ejes que constituyen la mecánica social, no se imagine que es el eje central de la mecánica social.

 

Que no se obstine ninguna rueda de la sociedad en hacer que en torno de ella gire toda la máquina, porque entonces estamos perdidos; es decir, que el yoísmo y el egoísmo no vengan a falsear el funcionamiento de ninguna de las ruedas.

 

Esta simbolización que se desprende de la contemplación del maravilloso símbolo societario de Rotary puede ampliarse a la sociedad internacional. En realidad, ¿por qué no ha conseguido todavía la especie humana constituir una sociedad civilizada, regida por la razón? Porque ninguna de estas tres condiciones que se desprenden de la contemplación del símbolo aludido ha llegado todavía a madurar. 

 

En primer lugar, al aumentar considerablemente en los últimos cincuenta o sesenta años la rapidez de los intercambios materiales, morales e intelectuales por el progreso de las comunicaciones, se ha llegado a formar una sociedad universal en lo material antes de que tuviésemos tiempo de proporcionarla los elementos técnicos y comerciales que eran necesarios. 

 

Todavía no existen –empiezan apenas a existir- los técnicos y profesionales de la vida universal. Existen, todo lo más, los técnicos y profesionales de la vida nacional; pero este perfil rigurosamente trazado de los dientes técnicos y profesionales de la rueda no se ha hecho todavía, no ha habido tiempo todavía de hacerlo para la sociedad universal, y por ese camino todavía estamos lejos de nuestras ambiciones. Pero, además, en cuanto puedan considerarse las naciones como ruedas cuyo engranaje es necesario para que funcione la maquinaria internacional, tampoco está bien trazado su perfil, tampoco los perfiles de los engranajes de nación a nación han llegado a la perfección suficiente para que no rechinen y para que de cuando en cuando no salte violentamente un diente.

 

Los ejes de las ruedas nacionales no operan todavía en el centro en que debieran operar, no están centrados como debieran. La colaboración de nación a nación no existe todavía, porque no existe una noción integral de lo que ha de ser y de aquello a que ha de tender; por ejemplo, los librecambistas querrán que se llegue a una especialización total de las naciones, según la cual España no produciría más que aceite y naranjas y tendría que importar toda la maquinaria y lo que con ella se relacione; mientras que los proteccionistas aspiran a que en cada país se produzca absolutamente todo lo necesario a la vida de una nación. 

 

Es evidente que la verdad está entre lo uno y lo otro; pero esta verdad, cuyo perfil teórico existe en alguna parte –quizá en un cerebro privilegiado de donde aun no ha salido- todavía no surge; este punto medio que hay que buscar de la colaboración económica e intelectual de las naciones, este perfil o esta centralización del eje en torno al cual ha de girar cada nación, todavía no se ha llegado a hacer para que la colaboración entre naciones sea pacífica. Y finalmente –y esto es lo más grave- cada nación, cada rueda nacional de la mecánica internacional, se considera todavía como el eje central del mundo. 

 

Todavía no hemos conseguido que las naciones se vean a sí mismas como ruedas subsidiarias de la maquinaria universal. Cada nación se considera a sí misma como la finalidad única, aquello que la Divina Providencia ha estado esperando a crear y para lo cual ha creado, no ya la Tierra, sino el Universo mundo. En estas condiciones es dificilísimo que aspiremos a la paz universal.

 

No me alejo ni un milímetro del símbolo rotario, de la rueda, porque de este modo no se sospechará de mí que quiera hacer la menor alusión, no al conflicto de hoy, ni al de ayer, ni a los muchos de mañana –porque vienen más conflictos, aunque no creo que sean inmediatos-, porque erramos al querer juzgar los acontecimientos internacionales demasiado cerca. Lo que ocurre no es debido a las explicaciones superficiales y circunstanciales que se dan de las cosas, sino a otra razón más profunda que hay que buscar donde todavía no hemos llegado los hombres, y sobre todo aquellos que por educación y por inteligencia tenemos más responsabilidad: las clases profesionales, industriales y comerciales; no hemos llegado todavía a formarnos un sistema sintético de la vida universal que nos permita deducir las leyes  éticas y políticas a que han de conformarse las naciones, y sin embargo no parece muy difícil forjarse este sistema; basta hacer un esfuerzo de integración, basta decirse que ante nosotros hay dos cosas muy sencillas:  un planeta y una raza humana. 

 

A nadie le es dado decir que hay cinco razas humanas, porque cualquier hombre, de cualquier color, con tal de que tenga un mínimo de inteligencia, acepta como evidentes ciertos principios científicos, prueba evidente de la unidad mental de la especie humana. 

 

Todo el mundo sabe que un hombre y una mujer, de cualquier raza que sean, si se unen, procrean, y por consiguiente, tampoco hay aquí la frontera impasable entre especies distintas. Pues si hay un planeta y hay una raza humana, ¿qué importa que cierta parte de esta raza tenga mayor o menor inteligencia, mayor o menor capacidad? Al contrario, mejor; porque si se ha de medir el sistema universal con el criterio irrefutable que preside las ideas rotarias, el del servicio, ¿no es evidente que la exigencia de servir, la exigencia de responsabilidad ha de crecer en proporción a la capacidad del que ha de servir, y por consiguiente, no es evidente que lo que está ocurriendo se debe a que aquellas razas que se creen superiores en inteligencia y capacidad, se creen por ello capacitadas más bien para dominar que para servir? 

 

Desde el momento en que se den cuenta de que la responsabilidad de las naciones superiores no está en la dominación de las inferiores, sino en considerar la raza humana como un conjunto completo y en elevarla íntegramente a una organización superior; desde el momento en que el Universo se dé cuenta de los tres principio de la rueda dentada: el del perfil de los dientes, el de la verdad del eje y el de la unidad del eje con el centro general de la ma quinaria, y desde el momento en que la palabra “servicio”, que es el ideal rotario, cese de ser una palabra para ser un ideal, habrá paz; antes, no.

 

Figura I. Salvador de Madariaga, representante de España ante la Liga de las Naciones. Dibujo por Violet Oakley, publicado por Revista Rotaria en abril de 1936.

 

 

Figura 2. Portada del número de abril de 1936 de Revista Rotaria, órgano oficial de Rotary International en lengua española de 1933 a 1990.

 

 

Figura 3. Fotografía del texto de Madariaga, según apareció en el número de abril de 1936 de Revista Rotaria.

 

 

TEXTO INTEGRO DE MADARIAGA PUBLICADO POR REVISTA ROTARIA, ABRIL DE 1936

 

LOS PRINCIPIOS DE LA RUEDA DENTADA

Por Salvador de Madariaga

 

Nuestra época revela la nueva vitalidad que van adquiriendo las fuerzas subconscientes en la afición que manifiesta a los símbolos: por un lado el fascio; por otro la cruz gammada; por otro la hoz y el haz; y aquí el de Rotary, un símbolo muy bello, la rueda dentada, algo más que la mera rueda; porque la sola rueda, la sola circunferencia más bien nos coloca o ante la nada o ante el todo. 

 

La rueda pura, el círculo, es un símbolo metafísico de que no hay nada que decir, porque o es la nada o es el todo; mientras que la rueda dentada en sus radios y en sus dientes nos coloca en seguida frente a esta idea tan fértil, no infinita, pero sí indefinida, del engranaje.

 

No puedo por menos de recordar, a propósito de la rueda, uno de los dichos de uno de los filósofos más profundos que el globo terráqueo ha producido, Lao Tse, que floreció en China muchos años antes de Jesucristo y que decía, entre otras cosas muy bellas y nobles, que “la rueda es útil porque hay en el centro un  agujero en donde no hay nada”. Y esto es una gran virtud, la virtud del vacío bien situado; porque si esta nada tiene cierto sentido es por estar en el centro, pues si esa nada no estuviera en el eje de la rueda para nada serviría; lo cual me lleva a decir que en la rueda dentada, en este símbolo de la rueda dentada, hay tres nociones que no son mecánicas, como la rueda dentada a primera vista sugiere, sino que son profundamente intelectuales y espirituales. 

 

Primera, el perfil de los dientes. Una rueda no sirve para nada si no se ha trazado con una exactitud micromilimétrica, con un conocimiento científico que los técnicos conocen, el perfil de los dientes. 

 

Segunda: una rueda no sirve para nada si no tiene colocado el eje al milímetro y hasta al micromilímetro; y tercera: una rueda no sirve para nada si se imagina que su eje es el centro de la máquina. 

 

He aquí tres nociones absolutamente indispensables para el funcionamiento de la máquina social, esa cooperación entre naciones, entre pueblos, y, por consiguiente, entre elementos dentro de cada pueblo, a que alude sabiamente el párrafo cuarto de las reglas rotarias. Porque en la exactitud matemática del perfil de los dientes de la rueda rotaria yo veo la simbolización de estas profesiones liberales, de estas profesiones industriales y comerciales de que se nutre el Rotary Club para poder dar un servicio a la sociedad, a quien se propone servir, según consta en el primero y último de los párrafos de dichas reglas, o sea la idea de servicio. 

 

Para que este servicio sea eficaz es menester que este perfil esté rigurosamente estudiado; es menester que estas profesiones liberales, comerciales e industriales  tengan técnica y competencia, sepan exactamente lo que hacen, y engranen exactamente con las otras profesiones, de cuyo engranaje ha de resultar el funcionamiento de la mecánica social; primera consecuencia que se deduce de una manera palmaria de la observación de la rueda dentada rotaria. 

 

Segunda: es menester que cada perfil gire fielmente en torno a su eje; que el eje técnico y profesional en torno al cual gire su actividad en la sociedad ni se tuerza ni por la incorrección, ni por la incompetencia, no por la enemistad, ni por ninguna de las influencias pasionales, y por consiguiente, inferiores, que tienden a torcer y falsear el funcionamiento de las ruedas técnicas, comerciales e industriales profesionales de que se forma una sociedad conteporánea; y tercera, que este eje, que es uno de tantos ejes que constituyen la mecánica social, no se imagine que es el eje central de la mecánica social.

 

Que no se obstine ninguna rueda de la sociedad en hacer que en torno de ella gire toda la máquina, porque entonces estamos perdidos; es decir, que el yoísmo y el egoísmo no vengan a falsear el funcionamiento de ninguna de las ruedas.

 

Esta simbolización que se desprende de la contemplación del magnífico, del maravilloso símbolo societario de Rotary, puede ampliarse a la sociedad internacional. En realidad, ¿por qué no ha conseguido todavía la especie humana llegar a constituir sobre el planeta una sociedad civilizada, regida por la razón? Pues precisamente porque ninguna de estas tres condiciones que se desprenden de la contemplación del símbolo aludido ha llegado todavía a madurar. En primer lugar, al aumentar considerablemente en los últimos cincuenta o sesenta años, digamos en los últimos cien años, la rapidez de los intercambios materiales, morales e intelectuales por el progreso de las comunicaciones, se ha llegado a formar una sociedad universal en lo material antes de que tuviésemos tiempo de proporcionarla los elementos técnicos y comerciales que eran necesarios. 

 

Todavía no existen –empiezan apenas a existir- en esta sociedad universal, los técnicos y profesionales de la vida universal. Existen, todo lo más, los técnicos y profesionales de la vida nacional; pero este perfil rigurosamente trazado de los dientes técnicos y profesionales de la rueda no se ha hecho todavía, no ha habido tiempo todavía de hacerlo para la sociedad universal, y por ese camino todavía estamos lejos de nuestras ambiciones. Pero, además, en tanto en cuanto puedan considerarse las naciones como ruedas cuyo engranaje es necesario para que funcione la maquinaria internacional, tampoco está bien trazado su perfil, tampoco los perfiles de los engranajes de nación a nación han llegado a la perfección suficiente para que no rechinen y para que de cuando en cuando no salte violentamente un diente.

 

En segundo lugar, los ejes de las ruedas nacionales no operan todavía en el centro en que debieran operar, no están centrados como debieran. La colaboración de nación a nación no existe todavía, porque no existe una noción integral de lo que ha de ser esta colaboración y de aquello a que ha de tender; por ejemplo, los librecambistas querrán que se llegue a una especialización total de las naciones, según la cual España no produciría más que aceite y naranjas y tendría que importar toda la maquinaria y todo lo que con maquinaria se relacione; mientras que los proteccionistas aspiran a que en cada país se produzca todo, absolutamente todo lo que es necesario a la vida de una nación. 

 

Y es evidente que la verdad está entre lo uno y lo otro; pero esta verdad, cuyo perfil teórico existe en alguna parte –quizá en un cerebro privilegiado de donde aun no ha salido- todavía no surge; este punto medio que hay que buscar de la colaboración económica e intelectual de las naciones, este perfil o esta centralización del eje en torno al cual ha de girar cada nación, todavía no se ha llegado a hacer para que la colaboración entre naciones sea pacífica. Y finalmente –y esto es lo más grave- cada nación, cada rueda nacional de la mecánica internacional, se considera todavía como el eje central del mundo. 

 

Todavía no hemos conseguido que las naciones se vean a sí mismas como ruedas subsidiarias de la maquinaria universal. Cada nación se considera a sí misma como la finalidad única, como aquello que la Divina Providencia ha estado esperando a crear y para lo cual ha creado, no ya la Tierra, sino el Universo mundo. En estas condiciones es dificilísimo que aspiremos a la paz universal.

 

Me he permitido glosar la situación desde este punto de vista y  no me alejo ni un milímetro del símbolo rotario, de la rueda, porque de este modo no se sospechará de mí que quiera hacer la menor alusión, no al conflicto de hoy, ni al de ayer, ni a los muchos de mañana –porque vienen más conflictos, aunque no creo que sean inmediatos-, porque erramos al querer juzgar los acontecimientos internacionales un poco demasiado cerca. Lo que no está ocurriendo, lo que ha ocurrido y lo que todavía  ha de ocurrir no es debido a las explicaciones superficiales y circunstanciales que se dan de las cosas, sino a otra cosa más profunda, a otra razón más profunda que hay que ir a buscar donde todavía no hemos llegado los hombres, y sobre todo aquellos que por educación y por inteligencia tenemos más responsabilidad: las clases profesionales, industriales y comerciales; no hemos llegado todavía a formarnos un sistema sintético de la vida universal que nos permita deducir las leyes  éticas y políticas a que han de conformarse las naciones, y sin embargo no parece muy difícil forjarse este sistema; basta con hacer un esfuerzo de integración, basta con decirse que ante nosotros hay dos cosas muy sencillas: hay un planeta y hay una raza humana. 

 

A nadie le es dado decir que hay cinco razas humanas, porque todo el mundo sabe que cualquier hombre, de cualquier color que sea, con tal de que tenga un mínimo de inteligencia y verdades elementales, acepta como evidentes ciertos principios científicos, prueba evidente de la unidad mental de la especie humana; y todo el mundo sabe que un hombre y una mujer, de cualquier raza que sean él y ella, si se unen, procrean, y por consiguiente, tampoco hay aquí la frontera impasable que existe entre especies distintas. Pues si hay un planeta y hay una raza humana, ¿qué importa que cierta parte de esta raza tenga mayor o menor inteligencia, mayor  o menor capacidad? Al contrario, mejor; porque si se ha de medir el sistema universal con el criterio absolutamente irrefutable que preside en las ideas rotarias, el del servicio, ¿no es evidente que la exigencia de servir, la exigencia de responsabilidad ha de crecer en proporción a la capacidad del que ha de servir, y por consiguiente, no es evidente que lo que está ocurriendo se debe a que aquellas razas que se creen –y que quizá sean- superiores en inteligencia y capacidad, se creen por ello capacitadas más bien para dominar que para servir? 

 

Desde el momento en que se den cuenta de que la responsabilidad de las naciones superiores no está en la dominación de las naciones inferiores, sino en considerar la raza humana como un conjunto completo y en elevarla íntegramente a una organización superior; desde el momento en que el Universo se dé cuenta de los tres principio de la rueda dentada a que antes aludía, el del perfil de los dientes, el de la verdad del eje y el de la unidad del eje con el centro general de la maquinaria, y desde el momento en que la palabra “servicio”, que es el ideal rotario, cese de ser una palabra para ser un ideal, habrá paz; antes, no.

 

 

 

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